26 de noviembre de 2015

Entre todas las actividades que Lucho disfrutaba, el tirarle piedras a los aviones era su favorita.
La antemano se sabía una práctica inútil, imposible. Pero no dejaba de intentarlo.
Oír el ruido de una avioneta era predisponerlo a abandonar toda tarea que estuviera realizando (no faltó la vez que saliera en bolas, chorreando agua y espuma de la ducha, o con una cola de papel higiénico y las piernas sujetas al pantalón enrollado en los tobillos) para salir al patio, al enorme patio que representaba su casita rural, próxima al aeródromo, para tomar la primer piedra que encontrara, desplegar su brazo derecho hacia atrás, casi tocando su espalda, buscando el impulso sobrehumano que le permitiera obtener ese ruido metálico (que nunca escucharía) del golpe seco de la piedra en el fuselaje.
La pregunta que siempre se hacía su madre ¿tengo un hijo tonto, soñador o uno que solo tiene problemas de cálculo de distancias?
La respuesta le llegó la vez que, preparando el puchero de gallina bataraza (esa que había dejado de dar huevos de lo vieja que era), sintió el olor del combustible inundar el ambiente, el calor sofocante de un incendio desmesurado y el sonoro impacto de metal, madera y vidrio contra la tierra reseca.
Esa vez lo supo bien: los idiotas se vuelven más peligrosos cuanto más se los subestima.

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